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Segunda y última parte de esta propuesta, cuyo primer post seguramente te resultó interesante. Es que el tema lo merece , está en el tapete y sucede con más frecuencia de lo que nos gustarÃa. Finalizábamos diciendo que desde la familia se puede hacer mucho y un buen comienzo es la distinción entre las “malas” y “buenas” palabras. Al respecto me permito recomendaros una buena lectura, que si bien es un tÃtulo de hace varios años atrás, no pierde su vigencia en absoluto.
El libro se llama Las malas palabras y el autor es Ariel Arango; se trata de un interesante análisis de las palabras obscenas y su impacto en nuestra psiquis tanto al escucharlas como al proferirlas. Pero de ese estudio tan amplio rescato una arista que nunca más olvidé y he tratado de enseñarle a mis hijos, hoy dÃa adolescentes grandes ambos. Se afirma que no existen las palabras buenas o malas por sà mismas, sino que ellas toman ese valor en función de la oportunidad cuando son dichas y del auditorio que las escuche. Cuando te martillas un dedo y estás solo, quizá no puedes evitar decir una palabra gorsera, que no pasa de tÃ, nadie la escucha y por tanto no tiene “maldad”; pero la misma palabra dicha con intencionalidad (de herir o de menospreciar por ejemplo) juega un rol netamente diferente. Envía a Facebook / Envía a Twitter |
Publicado por Eva en - Desarrollo emocional, - Infancia el 29 Mayo, 2009
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un bebe dijo malparido