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Se sobreentiende, pero vale la pena aclararlo, que estamos hablando de esos casos cuando “ya no sabemos más qué hacer“. Si el bebé ha comido recientemente, lo has cambiado y nada lo lastima o le está apretando demasiado (no tiene marcas en el cuerpo que lo demuestren), significa que no tiene hambre, no está sucio y nada le duele. Es cuando entran en juego esos otros factores más emocionales o afectivos sobre los que hay que trabajar. Recuerdo cuándo me sucedió eso por primera vez (Alina, mi hija, no tendría más de dos meses), dónde estaba y quién me enseñó lo que con gusto les voy a comentar ahora. Estábamos cenando en casa de Jorge y Marta, un matrimonio amigo; Alina lloraba desconsolada y continuamente, aún recuerdo su carita roja y húmeda; la respiración se le cortaba de tanto esfuerzo y nuestros intentos por calmarla eran en vano. Jorge (cuyas dos hijas tenían entonces alrededor de 20 años) hizo lo mismo que nosotros: la tomó en sus brazos, la recostó boca abajo sobre su brazo izquierdo y le empezó a hablar y darle palmaditas rítmicas como un tic tac en los pañales. De pronto se hizo el silencio. Cuando lo miramos interrogantes y asombrados (no lo podíamos creer, todos habíamos hecho lo mismo, pero sólo con él se detuvo el llanto), nos miró con cara de antiguo sabio griego que va a decir una verdad universal y expresó: “mmm.., la diferencia es la actitud…“. Estoy segura que les dejo con la misma incógnita que nosotros y con ganas de saber más así que les invito a estar pendientes de la segunda parte. Envía a Facebook / Envía a Twitter |
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